Dios estuvo, está y estará

Deja sin aliento Dios a quien con su gracia hojea la historia al modo bíblico: después de haber vivido inmerso en un acontecimiento fuera de lo normal (ahora llamado “experiencia vértice”), el pueblo se detiene y da media vuelta para contemplar con los ojos de la fe, el itinerario recorrido entre luces y sombras, con el fin de descubrir “la huella de Dios” o su ausencia. Es el juicio de la historia donde se confrontan los protagonistas.


Teniendo en cuenta la enseñanza mistagógica de Benedicto XVI, este ejercicio busca los vestigios del paso de Dios que garantizan su permanente acompañamiento y jamás escudriñando las improntas de la pezuña del diablo. Porque a quien cree no le interesa decubrir al demonio sino percibir a Dios donde quiera que Él está.


El análisis arrojará, infaliblemente una conclusión certera: Dios siempre estuvo. Y si no lo hizo no fue porque nos hubiese abandonado, sino porque previamente, con nuestras actitudes, lo declaramos presencia no grata. Y Él, habiéndonos creado libres, respeta nuestro libre albedrío, aunque vaya en contra suya o nuestra. En este proceso, debemos declararlo “inocente”, porque todo lo adverso que experimentamos fue pedagogía divina procurante de nuestra oportuna conversión. Y como “el perdido busca el monte”, la obstinada testarudez que nos obnubilaba las entendederas, igual que al faraón egipcio, nos llevaba a meter más la pata.


Comprobada la fidelidad divina ante la insensatez humana, se colige el axioma judío que los ha hecho inmunes a la pérdida de la esperanza: “Dios estuvo, está y estará." Es un silogismo perfecto: si estuvo ayer, está hoy. Si está hoy, estará mañana.

El pueblo hebreo es paradigma universal de creatividad y reingeniería con resultados de eficacia. La destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era, obligó a sus líderes religiosos a replantear toda su plataforma constitutiva cuyo sitio de observancia era el templo.


Habiendo perdido los cuatro cimientos de la nación: el rey, los sacerdotes, los profetas y el templo, desaparecen como pueblo. Ahora, en una jugada estratégica, lograrán, tal vez sin pretenderlo, el ideal divino: a través de los rabinos, fusión de fariseos y escribas, y teniendo la Torá como centro de la vida diaria, formarán la piedra angular del judaísmo, haciendo llegar la santidad a todo Israel disperso, garantía inequívoca de su supervivencia (cf AA VV. La Biblia en su Entorno. Verbo Divino, Pamplona, 1990, pág 323).


El Papa Francisco nos ha dicho que la pandemia del Covid-19 es un signo de los tiempos. O sea, acontecimiento donde se revela Dios. Que no podemos desear llegar a la normalidad. Y el cardenal Baltazar Porras ha dicho: “Si la Iglesia del postcoronavirus vuelve a ser la misma, no tiene futuro.”


El miércoles 28 de octubre, en la Asamblea Diocesana del presbiterio y la Vida Consagrada de Apartadó, con la Luz del Espíritu Santo, discernimos una verdad bíblica e histórica: no puede llamarse un evento Asamblea Diocesana donde está ausente su laicado.

Así que en adelante, incluso en las reuniones de Vicaría, por esencia, deben estar los fieles. Dichosa fusión corolario de la pandemia. Consenso histórico sin precedentes entre nosotros.


Y, tal cual los judíos, la diócesis de Apartadó, “obligada” por el Covid-19, torna a “La Iglesia Doméstica”, entendida neotestamentariamente, no como cada familia individual, sino como una que acoge a varias para vivir juntas la fe.


Alguien hizo un meme fabuloso: le dice satanás a Dios: "Con el Covid-19 te cerré las iglesias." Responde Dios: "Al contrario, abrí una en cada casa."

Por: "Otto"

Un nuevo rayo brilla. La pandemia hizo cambios que ni el Magisterio había logrado. Tres ejemplos: la misa diaria en los templos asistida por los mismos fieles de siempre que aseguraban morirían si no se celebraba. Suprimir el rito de la paz. Comunión en la mano.


Sigue vigente el imperativo: o te adaptas o mueres. Después de una experiencia fundante hay dos opciones: sigues adelante aceptando que la vida ya no es la misma, pero aún es vida y vale la pena vivirla. O te quedas lamentando un pasado que ya no va a regresar.


En ¿Quién se ha Llevado mi Queso?, Spencer Johnson plantea el dilema de manera pedagógica. Salir a buscar otro, o morir buscando razones para seguir alegando que el queso debe aparecer.

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