Devociones a las ánimas


América es un océano de convergencias continentales. A este concierto de todas las civilizaciones, recordando a Calos Fuentes, fuimos los últimos en llegar y tenemos derecho a todas las culturas. Noviembre es una ventana abierta al mundo de la trascendencia.


Desde el punto de vista de la fe, un finísimo tejido en filigrana, los días 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre, ofrecen, cada uno, de modo perfecto, la imagen de los tres estadios de la Iglesia Católica: el 31 del mes décimo, representa entre mascaradas, telarañas y disfraces, esta Iglesia Peregrina que se asusta pero marcha.


El 1 de noviembre nos permite vislumbrar con los ojos de la fe, la Jerusalén Celeste, meta de nuestro itinerario terrenal. Y el 2 del mismo mes, poseídos de sentimientos nostálgicos contemplamos la Iglesia Purgante, visión por fortuna depurada de todo lo teatral con que la revistió la controversial edad media.


Hoy, por la profundización teológica y la vivencia de la espiritualidad bíblica, sabemos que, después de dejar este mundo creyendo en la vida eterna, se sigue un estado de profunda conciencia donde cada persona se hace consciente de que, aunque pudiese entrar a la Fiesta del Paraíso, no está en condiciones de hacerlo porque no se siente lista para gozar plenamente de la espléndida Presencia de Dios.

Un ejemplo: salimos “bien titinos” pero en el camino se manchó el vestido, o se rompió. ¿Quién es capaz de entrar a una fiesta con un vestido arruinado? Así se entiende hoy el estado del Purgatorio.


Estos tres días son de privilegiada reflexión. En una estructura sanduche podemos apreciar el precioso icono resultante: en la base, la Iglesia que Peregrina entre luces y sombras. En el centro: la jubilosa Iglesia Triunfante y de techo, la Iglesia Purgante. De modo que la Gloria Celeste difunde su luz indeficiente en los dos estadios transitorios inundándolos de la esperanza que no defrauda según san Pablo en Rm 5,5. Ese es el destino final que aspiramos alcanzar por la Comunión de los Santos. A estos tres estadios los irriga el único y mismo amor divino.


Detengámonos un instante al menos en la Jerusalén Purgante: todos los pueblos surgidos de las mezclas tantas veces cruentas de todas las razas, poseen ese acervo que aún necesita decantarse teniendo el evangelio cual cedazo. Desde sus albores, la nueva fe de Cristo, fue un crisol indefectible para descubrir las perlas que en cada cultura ostentan los pueblos.


En cuanto aparecieron los primeros escritos cristianos se acuñaba  el axioma de que “todo lo netamente humano es netamente cristiano.” Célebre la afirmación de Tertuliano: “Oh alma, humana, naturalmente cristiana.” De ahí que el paso de los primeros cristianos estuvo marcado por el respeto hacia cada costumbre, porque, decían, que por todas partes Dios había diseminado las “Semillas del Verbo.”


El Papa Benedicto XVI, en su viaje apostólico al Brasil el 13 de mayo de 2007, afirmaba que en América, la llegada del evangelio a los pueblos “ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente.” El humanismo cristiano asentó fundamentos sólidos para el diálogo abierto con todas las tradiciones de todos los tiempos y lugares.


Teniendo este presupuesto, acerquémonos un tanto a las prácticas actuales de nuestros pueblos con respecto al culto a los difuntos, especialmente la celebración de la Eucaristía en los cementerios. La Iglesia es madre y maestra. El sacerdote es, entre otros oficios sagrados, maestro y debe enseñar. El canon1239, parágrafo 2, del Código de Derecho Canónico establece: “Ningún cadáver puede estar enterrado bajo el altar; en caso contrario, no es lícito celebrar en él la Misa.”


Recuerdo el enojo que suscitó en monseñor Isaías la noticia de que en Balboa Chocó, habían hecho una capilla como mausoleo para el padre Alcides Fernández Gómez. Le habían contado que el sarcófago estaba debajo del altar. Furioso gritaba que entonces en esa capilla no se podría celebrar la Eucaristía porque eso sería una profanación. Tuvo el padre Leonidas Moreno Gallego, experto en apagar incendios, que calmarlo explicándole que la bóveda no estaba bajo el altar. Santo remedio.


El “sensus fidei” que reposa en el pueblo de Dios es símbolo inequívoco de andar en la verdad. Este principio dice que en el pueblo de Dios reposa el auténtico sentido de la fe. Pero igualmente los sacerdotes debemos educar y purificar la piedad popular, tal cual lo ordena el Magisterio de la Iglesia en el Concilio Vaticano II.


Es entendible que las múltiples tradiciones culturales que están en permanente fusión, y ahora más que nunca, traigan cosas impensables y que de un día para otro aparezca un sinfín de novedades que la gente asume sin asimilarlas debidamente haciéndolas pasar por el cedazo de la fe cristiana. Es decir, sin el debido discernimiento. Llegan pidiendo permiso para desenterrar unos huesos que deben hacer bautizar para que el ser querido pueda salvarse; piden que el sacerdote celebre la misa sobre la bóveda donde reposan los restos del ser amado. A veces los sacerdotes cedemos pensando que esto está bien porque es el querer de la feligresía.


Si hiciéramos un análisis, aunque fuese a vuelo de pájaro, sobre las costumbres y creencias más dominantes entre nuestra gente, descubriríamos que estas cosas datan de la época victoriana de Inglaterra y procedentes de las antiguas prácticas de los pueblos paganos que poblaron esos territorios. Han logrado pervivir hasta nuestros días, imposibles de enumerar.


Se nos olvidan los criterios pastorales. Y que uno de ellos es tener claro que no estamos en las parroquias para complacer a la gente, dándoles todo lo que nos pidan, sino sólo lo que hay en el depósito de la fe que se nos ha confiado. Jesús jamás actuó con el criterio de complacer a las multitudes. Siempre fue movido por el Amor Misericordioso del Padre que le rebosaba su Corazón Compasivo. No puedo darte lo que me pides, te doy lo que tengo. No soy una fuente. Soy un depósito en custodia.

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