La raicilla y su misteriosa historia

Actualizado: 20 mar 2021



“En 1649 introdujo Pison la ipecacuana en la terapéutica como un gran remedio contra las afecciones disentéricas. En 1672 un médico llamado Legrós trajo una considerable cantidad que se puso en venta en una celebrada botica de París sin que tuviese salida, hasta que en 1686 le dio gran crédito Adriano Helvecio, el padre, en la curación que obtuvo del delfín y en su práctica de los hospitales. Este la empleó como un secreto hasta 1690, en que se la compró el rey Luis XIV.” (Mellado 1853, 833-834). https://llm.umontreal.ca/public/FAS/llm/Documents/2-Recherche/Tinkuyno17-Alzate-1.pdf


Hace unos cuantos años encontré abundante material referente a la Raicilla o Ipecacuana en internet y en algunos libros que estaba leyendo acerca de la historia de la conquista y colonización del Nuevo Mundo. Igual que sucedió con la Canela, según William Ospina en El País de la Canela, la raíz amarga de esta plántula, fue la causa de la ruina de grandes mercaderes a quienes guiaba la ambición desmedida de riquezas.


Nuestros pueblos aledaños al Golfo de Urabá deben su existencia a la fama de este pequeño vegetal de corrugadas hojas similares a sus raíces retorcidas cuales tornillos.

Es que en su búsqueda fundaron caseríos cercanos a los “cayos” encontrados por azar y cuyo éxito en su extracción estaba sometido a la práctica de atávicos hábitos, pues, decían los aventureros, existían el “Apauto” (de empautar = Pacto con el diablo, según el Diccionario Folclórico Colombiano, Universidad de Ibagué) y el “encantamiento”, fenómenos pertenecientes a la esfera demoníaca, bien temida en ese entonces por todos nuestros ancestros.


Planeta Rica, cuidad cercana a Montería, me dijo mi tío materno, Félix Álvarez Castillo, Heredó su nombre controversial entre quienes ignoran su etiología, al hecho de que era un portento de Raicilla. Donde Planeta = una pequeña planicie, igual a meseta. De ahí su adjetivo, Rica. Un sinónimo: planicie rica. Valga la oportunidad para invitar a no juzgar a la ligera el habla de gentes que todavía están conectadas con lo ancestral en el lenguaje.


No podían alejarse del grupo, debiendo permanecer unidos en todo momento. Aquí se puede ver un criterio de manejo adecuado a la codicia que corroía la mente de estos hombres sedientos de recursos para enriquecerse en poco tiempo. Tal vez el infausto rumor de la conquista había llegado hasta ellos, conservando lo macabro, cual límite infranqueable: el diablo, cuando alguien se apartaba demasiado del equipo explorador, le mostraba una veta de matas cargadísimas de raíces gruesas y fáciles de arrancar.


Todo “de papayita”. De inmediato le nacía al explorador un impulso irresistible de callar, a la par, de una atracción fatal de seguir el hilo de su hallazgo, pero olvidando dejar un rastro para el regreso.


Si hubiesen conocido el mito griego de Perseo en el Laberinto de Dédalo, habrían pedido el Ovillo de hilo en ayuda a Ariadna para ir marcando el rumbo que le dictaba su avaricia desaforada. Pero, no. Se escurría sigiloso mientras paulatinamente los ruidos y el barullo humanos se silenciaban dando paso libre al rumoroso crepitar de la violada biodiversidad que ya había lanzado el sortilegio infalible sobre un profanador de pactos solidarios, embrujado por el fatuo fascino de las criaturas invisibles de la jungla profanada.


San Pedro de Urabá fue el recinto sacro protector de los hombres que dejaron sus lares en diversos sitios de la entonces vasta Provincia de Padilla, hollando trémulos de espanto estos parajes vírgenes en cuyos recovecos retozaba el diablo.


También Apartadó, la hoy indiscutible capital de estas tierras Urabá Darién Caribe, surgió de la sed ipecacuana que ni la tagua, ni el caucho lograron hacer libar la poción del maranguango que obligaba a acampar cerca, como tampoco la industria falaz de la palma africana.


Esa es nuestra mítica mata que atrajo, con su fatal poder de seducción, a hombres y mujeres desde diferentes y lejanos territorios, siempre devorados por una sed irredenta; las riquezas que se anunciaban junto con admoniciones severas, igual que los presagios de los cuentos con que nuestros padres y abolengos nutrieron la febril imaginación que puebla nuestro imaginario colectivo de la costa caribe colombiana, un mundo mágico, del que Macondo es el indiscutible arquetipo.


Yo adoro la rígida silueta de esta especie vegetal que me hipnotiza cada vez que la curiosidad me lleva a ejercer las artes aprendidas muy temprano.



Porque tuve la fortuna de ser arrullado por los ruidos de la selva. Y ella, con todas sus entidades salvajes, amainó mis miedos totémicos cuando le mostré mi candidez y mi vulnerabilidad frente a la adoración de su belleza que ellas me develaban bajo formas diversas, en la más genuina versión de las artes: un canto, un zumbido, unos colores, unos aromas esparcidos por la brisa, un paisaje místico, la escultural silueta de un árbol gallardo descollando en medio de un tapiz policromado, un teatro de faenas inefables donde se proyectaban escenas de litigios entre comensales que llenaban los espacios con su elocuente jarana que la Ninfa Eco hacía repercutir con donosura; una fuentes cantarinas brotando de las cuencas montaraces cubiertas de la tersa faz del suelo tachonado con ternura de hojarascas esponjosas…


Siempre tuve esa tendencia ingénita de arrobamiento. Quise poseer las fuentes del éxtasis que me producían. Aún hoy, con pupila de cirujano, exploro las espesuras que milagrosamente conservan ejemplares extintos de la flora nativa.


El gozo experimentado ante su follaje martillado con ese brillo exquisito despedido por su verdeazulado aspecto, no tiene comparación.


Allí se revelan las historias fantasmagóricas que llegan entonces a granel. Me relatan los acontecimientos irreales que dieron origen a las leyendas como la del Cerro Murucucú, ubicado en el Nudo del Paramillo, nacimiento del inigualable Río Sinú, expoliado por Francia y despojado de sus nativos dueños por la arremetida desmesurada de la colonización paisa. Por eso las tengo en los recintos desde donde rememoro mi ayer. Porque su presencia humilde impide que olvide la historia cruenta que decretó su exterminio.


Allí, rescatadas del último ataque demente del hombre laborioso que sólo valora como riqueza lo que producen sus manos, aguardan desconfiadas, en la tensa calma Escatológica del “Ya Pero Todavía No”, la aparición del Mundo Nuevo a la Vista, descrito por el misionero claretiano, Alcides Fernández Gómez, donde aceptaremos que “la ley de la naturaleza no es la guerra sino la cooperación entre las especies, entre los subsistemas y sistemas superiores. Las especies se orientan en su evolución buscando el máximo de eficiencia.


No se acomodan pasivamente al entorno, sino que se integran armoniosamente con él y evolucionan juntamente con él.” Veremos con nitidez de profetas que “todo el universo parece estar calibrado para la existencia de la vida inteligente… es decir, la Conciencia.”


Entonces llegará el conocimiento y adquisición de un supraconsciente con poderes superiores a los de la mente. Porque, “Nuestro estado mental actual está distorsionado porque buscamos nuestra identidad donde no está, sin referencia a la totalidad, lo cual engendra angustia existencial.”


Y seremos los Melquiades resolviendo con avidez los pergaminos olvidados en los viejos anaqueles polvorientos de Macondo en Cien Años de Soledad: “Todas las especies están unidas por un vínculo que une el individuo a la especie que los científicos llaman ‘resonancia mórfica’. Si un grupo de ratas en New York se les enseña un determinado juego de reflejos, automáticamente el grupo de ratas en Madrid practica con facilidad el mismo ejercicio. La especie humana no es diferente… el inconsciente colectivo subyace al inconsciente personal y vincula al individuo con la humanidad. Nuestra conciencia a la vez, es un aspecto de la Conciencia Universal, del ser, del Sí Mismo, del Misterio de Dios.”


Será entonces cuando admitamos que estamos diseñados para la libertad y que los sistemas educativos actuales por parte del Estado, de los medios de comunicación, las tecnologías… nos moldean para el sometimiento, pretendiendo convertirnos en Robots: “El Hombre Nuevo tiene que convertirse en un rebelde y subversivo por antonomasia.


Rechazará toda intromisión en su espacio interior. La manipulación será el peor delito. Su moral no serán las leyes procedentes de autoridades externas, sino una moral nacida del fuero interno basada en la interrelación con todos los seres del Universo y en referencia a la Conciencia Total. Hombres fuertemente marcados por la autenticidad… su cosmovisión abarcará el Universo entero.


El precepto del amor dejará de ser un precepto para convertirse en una actitud espontánea y lógica que abarcará no sólo la especie humana sino todos los seres incluyendo los llamados reinos mineral, vegetal y animal, en convicción creciente y experimental de que en todos los seres, está presente en diferentes grados, el principio de CONCIENCIACIÓN como un aspecto de la Conciencia Universal. Quien atenta contra un ecosistema sacrifica millones de seres individuales y destruye miles de especies, que en definitiva van a alterar la armonía y el equilibrio Universal: Toca una flor y se estremece una estrella.”


“En el nuevo Paradigma toda vida es sagrada y toda catástrofe de la naturaleza causada por el hombre es GENOCIDIO.”


Entonces se buscarán nuevas formas de acercamiento con fines compartitivos entrando en juego, nuevos valores donde el dinero y los símbolos materiales de poder perderán su importancia ante nuevos incentivos para vivir. “Son hombres que amarán la naturaleza como a sí mismos y se integrarán armoniosamente con ella… buscarán la totalidad en sí mismos y en su entorno… hombres cooperadores, no competitivos, cuyo móvil será la gratuidad y el amor y no el interés… La Paz si algún día ha de llegar a la tierra, será el libre producto del hombre nuevo, del hombre Supraconsciente.


Mientras tanto, mis Raicillas aguardan trémulas la alborada de ese nuevo día en que brille imperturbable la armonía de la BIODIVERSIDAD.

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