Ojo con los huevos

Feliz de la moña, Francisco Delgado Cuadrado, de El Mechón de Arboletes, me contaba que tenía la nevera llena de huevos criollos porque en su patio solariego proliferan las escarbadoras de corto vuelo, esas que Jaime Garzón dejó tan malparadas en su Análisis Fenomenológico de las Gallinas (aquí les dejo el enlace: https://fb.watch/9DuD-lVB6m/).

 

Entonces le conté que había leído hace tiempos que no deben guardarse huevos en la nevera porque poseen una bacteria que portan las gallinas; al salir al aire mueren por la temperatura ambiente, y que al refrigerarlos este bicho revive.

 


Al oírme, sugiere que escriba un artículo al respecto. En esas estoy. Controversial encuentro el tema en Google. Porque hay posturas contrarias.

 

Semejante berenjenal me trajo a la mente el dilema de data antediluviana: “¿Quién fue primero, el huevo o la gallina?”

 

Aunque esa pregunta carece de respuesta, lo que sí me sirve a mi, para no meter huevos a la nevera, es que antes de que apareciera este electrodoméstico ya vivíamos de los productos de las ovíparas y hasta nuestras abuelas eran expertas en saber si se los podía comer al desayuno, tentando a la bullosa escarbadora ponedoras que era mansitica.

 

Uno de los escritos más sensatos hallados, fue este:

 

 “Si eres de las que guarda los huevos en el refrigerador, te tenemos una noticia: los huevos NO deben refrigerarse. Tal vez lo hagas creyendo que así se mantendrán en buen estado, pero lo cierto es que éstos pueden ser portadores de salmonela y, lejos de lo que se cree, el frío es el ambiente ideal para que ésta prolifere y hasta contamine el resto de tus alimentos.” https://www.google.com/amp/s/www.salud180.com/enforma180/esta-es-la-razon-por-la-que-no-debes-meter-los-huevos-al-refrigerador/amp

Para mí, el mejor consejo es el de la luenga historia perdida en la noche del tiempo y que está ligada en la mistagógica mitológica de mi costa atlántica ancestral: todos nuestros alimentos, en especial, los más celebrados platos típicos, son anteriores al sistema friático de los congeladores.

 

Comencemos por la tinaja. Qué delicia era tomar agüita fría sacada de esta olla de barro cocido, con una totumita, porque ni vasos de vidrio existían. En el fondo de la tinajera mi abuela ponía un terrón de azufre.

 

Hace poco me hizo saber un afro de Turbo, cuando me vio meciéndome en una hamaca, que ese era el aire acondicionado de los chilapos. Me sentí más orgulloso que el doctor Molina del que en su vallenato Juana Aria, Escalona dice que “no cambia su Chinchorro ni por la silla del gobernador.”

 

Qué diremos de la gama de bollos. Todos hechos para sobrevivir frescos a temperatura ambiente. ¿Qué costeño no mostró visos de gula ante un plato repleto de bollo poloco, asado después de tres días de estar cocido, y guindado en el arquillo sobre la hornilla abolenga y, nadando casi, en suero atoyabuey?

 

Me hace reclamos el queso que es otro manjar perjudicado por la bendita nevera. Entre más viejo y mojoso, más bueno, igual que los bollos limpios cuyo nombre no digiero por más que me expliquen, porque siempre creo que si son limpios es porque los muchos otros están sucios. Me dicen, es que se llaman así, porque llevan batata. A lo que me rebelo de una, afirmando: “entonces están sucios de batata.” Me imagino cuántos debates habrá habido por es nombre tan equívoco.

 

Y el casabe! Alimento de siglos y que los españoles Adoptaron sin chistar.

 

Los primeros curas misioneros de estas tierras ignotas quedaban sin respuesta ante una pregunta de ambigüedades capciosas según el sentido literal que encerraba: ¿padre, usted come viuda?

 

Era el pescado salado y puesto al sol igual que las carnes rojas como se les llama ahora. Con esos ingredientes se hace la famosa viuda. Ya sea de pescado o de carne. Consiste en cocinar con yuca y plátano poniendo encima ya sea el bocachico salado y puesto al sol o la carne igualmente tratada.

 

De esas mismas características eran los enyucados, el vuelviven, las casadillas; los huevos de iguana, los chicharrones…

 

Había otros alimentos que ya los congeladores lograron extinguir de nuestras mesas. Persiste en su lucha por permanecer, el mongo mongo.

 

Como van las cosas, parece que vamos a ganar en estas prácticas saludables porque se avecina, a pasos agigantados, la ingesta obligada de insectos, ya que estos manjares prodigios en todo, pues, no sólo no necesitan refrigeración para su conservación,  sino que serán lo único que queda para sobrevivir. Y adivinen cuál será el superalimento.

L A  C U C A R A C H A

 

Si alguien, al leer lo de los invertebrados a manteles, y en particular los blatódeos, se llena de escozor, le aconsejo que observe al grácil cucarachero. Un pajarito saludable como nadie y que según cuentas daría su melodiosa vida por un ejemplar de esa única especie que, de acuerdo con las ciencias, tiene garantía de supervivencia planetaria pase lo que pase.

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