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La tagua, 'marfil vegetal' de Urabá

Actualizado: 3 feb 2021




Sembrando memoria


Desde el año 1995, el docente y artista sanjuanero Iván Graciano Morelo Ruiz, llegado a Chigorodó muy joven, se ha comprometido con el arte, la historia y la cultura de la región. Ha trabajado sin pausa en la reivindicación y engrandecimiento de la cultura y la educación. Fundó el taller literario Un guadual que rumora, y la micro revista literaria La Tagua, de amplia aceptación y circulación. Con la escultura y la poesía terrígenas, en las que ha tenido importantes logros, siempre trata de desentrañar la memoria de la tierra y del hombre, valores estéticos, cívicos y humanísticos. Con igual compromiso se ha entregado a la verde tarea de sembrar palmas de tagua en lugares públicos, como el parque principal de Chigorodó, en patios y jardines particulares. Su propósito es hacer de esta palma y su semilla un referente eco- simbólico y cultural que genere reflexiones sobre el pasado, presente y futuro.

El proyecto que ha concebido y estructurado consiste, en breves palabras, en sembrar jardines de tagua, taguales, en espacios tanto públicos como privados.


A través de los diseños de estos jardines, así como con la elaboración artesanal de objetos de tagua, se busca abrir puertas al interés turístico a nivel nacional e internacional, además de construir el Museo de la Tagua, que además sirva como espacio para las lecturas históricas del territorio y sus dinámicas ecológica, económica, política y cultural.

Este ambicioso proyecto eco-cultural va dirigido tanto a la población local como a la global, y se propone como objetivo proyectar los valores culturales y a la región hacia escenarios globales.


Uno de los más recientes bosquecillos de tagua, se ha sembrado en los predios de la Institución Educativa Instituto Agrícola Urabá, por iniciativa de Iván, en coordinación con la rectora Margarita Espinosa, Roberto Arroyave, y los docentes John Ferney Higuita, Luis Alfonso Hoyos, Leonardo Estrada Úsuga (escultor) y Juan Raúl Arias, exsecretario de agricultura del municipio de Chigorodó. Con ese jardín de tagua, 20 palmas en total, se pretende tener un punto de referencia —cultivo demostrativo— para que los visitantes o turistas conozcan la palma de tagua y todo lo que hay alrededor de la proverbial semilla de tagua, conocida como “marfil vegetal” por su belleza y dureza semejantes al marfil; también posee bondades como materia prima para la elaboración de infinidad de artesanías como copas, pesebres, collares, medallones, etc., las cuales elabora el artista y docente Iván Graciano y su equipo de trabajo del Taller Creativo El Tagual.



Qué bueno que en Chigorodó se siga sembrando palmas de tagua, con el propósito de hacer de la localidad a futuro, un municipio fuerte ecológica y culturalmente a escala regional, nacional e internacional a partir de este histórico producto propio de la región.


Antecedentes históricos

En los albores del siglo veinte, floreció en la zona de Urabá una actividad económica de medular importancia en la vida cultural y social de la región, en su historia: La recolección y comercio de semilla de tagua.

El grueso volumen y prosperidad de dicha actividad, promovida principalmente por comerciantes alemanes y estadounidenses (aunque también los hubo nacionales como Eusebio Campillo, el archifamoso Rey de la Tagua), atrajo a numerosos pobladores de los departamentos de Córdoba, Chocó y la región Caribe, los cuales vieron en la tagua una esperanza que los librara de las durísimas condiciones económicas que venían padeciendo en sus terruños.


Se enfocaron en buscar palmas de tagua y recoger su semilla a lo largo y ancho de la zona, sorteando toda clase de peligros, como enjambres de mosquitos “matagente”, serpientes mapaná equis enrolladas al pie de los racimos de tagua caídos, tigres, lluvias diluviales y avisperos salvajes. La semilla abundaba tanto como la necesidad de trabajo.

Por mucho tiempo el negocio dio de comer a numerosas familias hasta el punto de convertirse en una de las principales fuentes económicas de toda la región y de esta manera marcó la vida cotidiana de la misma. A los ricos comerciantes los hizo riquísimos: pagaban a los colonos recolectores una miseria y vendían a precio casi de oro. La cosa marchaba viento en popa. Todos en la región tenían que ver con la tagua de una u otra manera; de aquí que ésta se haya convertido en un referente histórico poderoso que aún gravita en la memoria y en el lenguaje del pueblo urabaense.

El Profesor Ivan Graciano trabajando en la tagua.

El municipio de Chigorodó ocupó un lugar destacado durante la bonanza tagüera. Hasta que llegó la gran ola bananera y relevó a la tagua. Tal vez esa sea la razón por la cual la palabra tagua haya permanecido por muchos años cubierta de una delgada capa de musguillo injusto de olvido. Injusto porque Urabá le debe mucho a la tagua, que calmó muchas hambres y generó una especie de cultura de la vida cotidiana a su alrededor.


Así pues, el cultivo de los jardines de tagua en diversos espacios, públicos y privados, así como la creación del Museo de la Tagua, se convierte en una estrategia eco-cultural para cultivar y reivindicar la memoria histórica de Urabá, especialmente del municipio de Chigorodó. El gran mérito de la propuesta de Iván Graciano Morelo Ruiz, consiste en generar un espacio de encuentro intercultural entre la población de Urabá y visitantes con un interés ecológico y cultural. De este modo se genera una oportunidad de diálogos y saberes alrededor de la historia representada en objetos de tagua, narraciones orales, cantos y cuentos sobre la cultura de la tagua en Urabá.

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